Reflexiones desde la terracita: puertas al campo

Érase una vez un juez en un pequeño país llamado vivalavida. Vivalavida era un lugar donde las paradojas florecían y los giros inesperados eran moneda corriente. El juez, de nombre Pasabaporaqui, tenía una peculiaridad: su toga estaba hecha de billetes de cien.

Un día soleado, unos empresarios codiciosos se acercaron a su tribunal. Querían cerrar el campo, un vasto terreno donde la gente se reunía para respirar aire fresco, soñar despierta y escapar de las preocupaciones mundanas. Los empresarios argumentaron que las puertas eran necesarias para “proteger” el campo de los intrusos, pero todos sabían que su verdadero objetivo era construir un centro comercial de lujo.

El juez Pasabaporaqui escuchó sus argumentos con una sonrisa burlona. “¿Proteger el campo?”, preguntó. “¿De qué? ¿De las mariposas traviesas o de los sueños rebeldes?”. Los empresarios se miraron entre sí, confundidos. No estaban acostumbrados a que un juez se burlara de ellos.

Pero el juez continuó: “Aquí, en vivalavida, las cosas funcionan al revés. En lugar de poner puertas en el campo, deberíamos poner puertas en los bancos. Así, los banqueros tendrían que pedir permiso para entrar y llevarse nuestro dinero”.

Los empresarios se indignaron. “¡Esto es un ultraje!”, exclamaron. “¡No podemos permitir que el sentido común se interponga en nuestros planes!”. «Cumpla la ley»
Al juez Pasabaporaqui no le quedo otra que aplicar la ley, para poner las puertas en el campo.
Y así concluye nuestro relato, donde el dinero intentó comprar la libertad, pero la ciudadanía, que sabía que no se puede poner puertas al campo, busco la puerta del Proxy…
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.