Aker

Reflexiones desde la terracita: maite zaitut

Un amor no expresado, un sentimiento atrapado en el silencio. Palabras no dichas, como hojas que caen al viento sin ser recogidas. El corazón, un eco solitario, anhelando la liberación de su secreto más profundo.
En el rincón de los “¿Y si…?”, las lágrimas se mezclan con los suspiros. Las oportunidades perdidas, los momentos que se desvanecieron como estrellas fugaces en la noche. El “te quiero” que nunca cruzó los labios y que resonó en el alma.
El destino, caprichoso y cruel, jugó su papel. O tal vez el miedo, ese enemigo invisible, mantuvo las palabras cautivas. Pero ahora, en la quietud de la retrospectiva, el corazón se lamenta. ¿Qué habría sido si hubieras dicho esas dos palabras mágicas?
La tristeza se convierte en melancolía, una melodía, una canción que solo tú conoces. Y en el teatro de los recuerdos, el telón cae sobre una historia inacabada.
Así que, si alguna vez te encuentras en ese momento crucial, no temas. Di esas palabras con valentía, porque el tiempo no espera. No dejes que tu historia se convierta en una triste leyenda de lo que pudo ser y nunca será. Dilo ahora: “Te quiero”
Aker

Reflexiones desde la terracita: La arquitecta del trading

Érase una vez una arquitecta llamada Esperanza, cuya pasión por el trading y la construcción la llevó a un mundo donde la realidad y la fantasía se entrelazaban. Su nombre resonaba en los pasillos de Wall Street y en los rincones más oscuros de las antiguas bibliotecas. Pero su verdadera magia no residía en los rascacielos que diseñaba, sino en el patrón secreto que utilizaba para construirlos.

Esperanza tenía un don especial: podía ver el flujo de las energías financieras y transformarlas en estructuras tangibles. No era solo una arquitecta; era una alquimista de los mercados. Su herramienta más poderosa era el patrón Sección Extendida, un código ancestral que le permitía trazar líneas invisibles entre las cotizaciones de las acciones y los cimientos de sus edificios.

Cada mañana, Esperanza se sentaba frente a su computadora, rodeada de gráficos y velas japonesas. Observaba las fluctuaciones del mercado como si fueran las olas de un océano mágico. Cuando detectaba el patrón, sabía que era el momento de actuar. Compraba acciones, vendía futuros y trazaba los planos de sus futuros edificios.

Sus creaciones eran asombrosas. Los rascacielos que surgían en Nueva York y Hong Kong eran más que simples estructuras de acero y vidrio. Eran manifestaciones de su propia esperanza y de su visión. Cada ventana, cada columna, estaba imbuida de la energía del patrón.

Pero había un precio que pagar. El patrón no era solo una herramienta; era un pacto con lo desconocido. Esperanza sabía que cada edificio que construía estaba conectado a su propia alma. Cada vez que vendía una acción, sentía un estremecimiento en su corazón. ¿Era la ganancia financiera suficiente para compensar la pérdida de su esencia?

Un día, mientras trabajaba en el diseño de un nuevo rascacielos, Esperanza sintió una presencia en la habitación. Era un hombre alto, vestido de negro, con ojos dorados, un par de cuernos y una sonrisa enigmática. Se presentó como Morpheus, el guardián del patrón.

—Esperanza, has construido maravillas con mi patrón —dijo Morpheus—. Pero ahora debes tomar una decisión. ¿Quieres seguir siendo una arquitecta de los mercados o una arquitecta de sueños?

Esperanza miró los gráficos en su pantalla y luego al hombre frente a ella. Sabía que no podía tener ambas cosas. El patrón era un camino sin retorno.

—Elijo la esperanza —dijo con determinación—. Construiré edificios que inspiren a las personas, que les hagan creer en un futuro mejor.

Morpheus sonrió y desapareció en la bruma. Esperanza continuó trazando líneas en su pantalla, pero esta vez no eran gráficos financieros. Eran los planos de un mundo donde la esperanza era la moneda más valiosa y los edificios eran templos de posibilidades.

Cada edificio que creó era una obra de arte, un testimonio de su habilidad para fusionar lo tangible con lo mágico. Y así, su legado perduró en los corazones de quienes miraban hacia el cielo y soñaban con un mundo mejor
La arquitecta del trading se convirtió en la arquitecta de los sueños. Sus rascacielos no solo tocaban el cielo, sino también el corazón de quienes los contemplaban.
Aqui vemos un ejemplo de los edificios que contruye, desde el patrón, de hoy mismo…
Aker

Reflexiones desde la terracita: la fotografía

Hace tiempo, en una ciudad anónima, mis pasos se deslizaban por las calles empedradas, entre sombras y luces. El cielo, un lienzo de azul profundo, se extendía sobre mí, y las fachadas de los edificios parecían guardianes silenciosos de historias olvidadas.
Un día, un fotógrafo de mirada inquieta me capturó en su lente. Mis ojos, cargados de melancolía, reflejaban los secretos de la ciudad. El obturador hizo clic, y en ese instante, me convertí en una imagen. Una sola fotografía, pero con un peso inmenso.
El destino, como un viajero curioso, decidió llevarme lejos. Las antípodas, un lugar remoto y desconocido, se convirtieron en mi nuevo hogar. Allí, mis colores se desvanecieron, y mis contornos se difuminaron. La gente pasaba a mi lado, ajenos a mi historia, mientras yo reposaba en un rincón de la memoria.
En esa ciudad distante, alguien me encontró. Sus ojos, llenos de asombro, se detuvieron en mi imagen. ¿Quién era yo?, se preguntó. ¿Qué historia ocultaba? La curiosidad lo impulsó a investigar. Indagó en los archivos, buscó rastros de mi existencia.
Descubrió que yo era un recuerdo. Una instantánea perdida en el tiempo, un fragmento de nostalgia. Mis raíces, enterradas en la ciudad original de Donostia, se extendían hasta allí. El fotógrafo anónimo, sin saberlo, había tejido hilos invisibles que conectaban dos mundos.
La tristeza, como un eco lejano, resonaba en mi imagen. ¿Quién fui?, me preguntaba. ¿Qué momentos viví? Las calles empedradas de lo viejo, las sombras y luces de los amaneceres y ocasos sobre Ondarreta, todo quedó atrás. Solo quedaba yo, un fantasma fotográfico, un suspiro en la eternidad.
Y así, entre dos mundos, una sola imagen narraba dos vidas: la que fui y la que soy. Un puente invisible, un lazo entre ciudades, un recuerdo que trascendía el tiempo.
Y aunque nadie sabía mi nombre, mi esencia flotaba en el aire, como un susurro de nostalgia. Porque en esa fotografía, yo era más que una figura: era la esencia de dos lugares, la conexión entre dos almas.
De esa manera, en la ciudad de las antípodas, seguí siendo un triste recuerdo, pero también un enigma, un fragmento de vida que se resistía a desvanecerse por completo…
Aker

Reflexiones desde la terracita: puertas al campo

Érase una vez un juez en un pequeño país llamado vivalavida. Vivalavida era un lugar donde las paradojas florecían y los giros inesperados eran moneda corriente. El juez, de nombre Pasabaporaqui, tenía una peculiaridad: su toga estaba hecha de billetes de cien.

Un día soleado, unos empresarios codiciosos se acercaron a su tribunal. Querían cerrar el campo, un vasto terreno donde la gente se reunía para respirar aire fresco, soñar despierta y escapar de las preocupaciones mundanas. Los empresarios argumentaron que las puertas eran necesarias para “proteger” el campo de los intrusos, pero todos sabían que su verdadero objetivo era construir un centro comercial de lujo.

El juez Pasabaporaqui escuchó sus argumentos con una sonrisa burlona. “¿Proteger el campo?”, preguntó. “¿De qué? ¿De las mariposas traviesas o de los sueños rebeldes?”. Los empresarios se miraron entre sí, confundidos. No estaban acostumbrados a que un juez se burlara de ellos.

Pero el juez continuó: “Aquí, en vivalavida, las cosas funcionan al revés. En lugar de poner puertas en el campo, deberíamos poner puertas en los bancos. Así, los banqueros tendrían que pedir permiso para entrar y llevarse nuestro dinero”.

Los empresarios se indignaron. “¡Esto es un ultraje!”, exclamaron. “¡No podemos permitir que el sentido común se interponga en nuestros planes!”. «Cumpla la ley»
Al juez Pasabaporaqui no le quedo otra que aplicar la ley, para poner las puertas en el campo.
Y así concluye nuestro relato, donde el dinero intentó comprar la libertad, pero la ciudadanía, que sabía que no se puede poner puertas al campo, busco la puerta del Proxy…
Aker

Reflexiones desde la terracita: deontología en España

En un rincón oscuro de la redacción, Carlos, un joven periodista, se enfrentaba a una encrucijada moral. El olor a tinta y café impregnaba el aire, pero no lograba disipar la nube de dudas que se cernía sobre él.

Había ingresado al mundo del periodismo con la ilusión de ser un guardián de la verdad, un contador de historias que sacudirían conciencias y cambiarían realidades. Sin embargo, pronto descubrió que la realidad era más turbia de lo que imaginaba.

Los titulares sensacionalistas dominaban las portadas. Las noticias se convertían en mercancía, y la ética quedaba relegada a un segundo plano. Los intereses económicos y políticos tejían una telaraña en la que los periodistas quedaban atrapados.

María, su compañera de trabajo, lo miraba con ojos cansados. Ella había sido testigo de cómo la presión editorial deformaba la verdad. “Carlos, ¿recuerdas cuando éramos idealistas?”, susurró. “Ahora somos cómplices de una maquinaria que manipula la información”.

El caso más reciente había sido el de M. RajoIA, un político corrupto. Las pruebas eran contundentes, pero el periódico decidió minimizar la noticia para no afectar a sus anunciantes. Carlos se sentía atrapado entre su deber profesional y su conciencia.

Una noche, mientras investigaba un escándalo de corrupción, encontró una carta anónima en su escritorio. “La verdad está en tus manos”, decía. Carlos sabía que revelarla podría costarle su carrera, pero también sabía que era su deber.

El día siguiente, el periódico publicó una versión edulcorada de la historia. Carlos, con el corazón en un puño, escribió su propio artículo. Reveló los nombres, los sobornos y las conexiones ocultas. La redacción quedó en silencio.

El director lo llamó a su despacho. “Carlos, has cruzado una línea”, dijo con voz fría. “El periodismo no es solo sobre la verdad, sino también sobre la conveniencia”. Carlos se levantó, miró al director P. J. a los ojos y respondió: “Prefiero ser un periodista sin empleo que un cómplice sin alma”.

 

El código deontológico del periodista es un documento que recopila los fundamentos generales que regulan el comportamiento de los informadores. El contenido de este código tiene como objetivo mejorar el tratamiento informativo de algunas de las cuestiones sociales de mayor actualidad. Las recomendaciones que desarrolla en su interior deben ser puestas en práctica no solo por los profesionales de los medios, sino paralelamente, por los estudiantes de comunicación que serán los que ocupen dichos puestos el día de mañana. De este modo, los pupilos deben asimilarlos como eficientes y útiles, especialmente porque en el mundo laboral del periodismo no tiene cabida el informador que no respete el código deontológico, que engloba lo siguiente:

  • El respeto a la verdad.

  • Estar abierto a la investigación de los hechos.

  • Perseguir la objetividad aunque se sepa inaccesible.

  • Contrastar los datos con cuantas fuentes periodísticas sean precisas.

  • Diferenciar con claridad entre información y opinión.

  • Enfrentar, cuando existan, las versiones sobre un hecho.

Homenaje a las víctimas de 20 años de infamia.

Aker

Reflexiones desde la terracita: Ragnahilda Vanidosa

Esta es una historia real. Los acontecimientos descritos en este relato ocurrieron en Madrid en 2019. A petición de los supervivientes, los nombres han sido cambiados. Por respeto a los muertos, el resto se ha relatado tal como ocurrió.

Érase una vez una mujer llamada Ragnahilda Vanidosa, una política con un ego tan grande que su sombra tenía su propio séquito de asesores. Ragnahilda se pavoneaba por los pasillos del Congreso, ondeando su bufanda de “Yo soy la mejor” y repartiendo autógrafos hasta a los fotocopiadores.

Su oficina estaba decorada con retratos de sí misma enmarcados en oro. Había un mural gigante en la pared con la inscripción: “Ragnahilda Vanidosa, la única voz sensata en este mundo caótico”. Incluso su silla giratoria tenía bordado su nombre en hilo dorado.

Ragnahilda tenía una habilidad especial: podía absorber elogios y aplausos como una esponja. En cada discurso, se refería a sí misma en tercera persona: “Ragnahilda cree que deberíamos aumentar los impuestos”, decía, mientras su ego se inflaba como un globo.

Un día, durante un debate en el Parlamento, Ragnahilda notó algo extraño. Su sombra se movía de manera independiente. “¿Qué estás haciendo?”, le preguntó Ragnahilda a su sombra. “¿Por qué te estás separando de mí?”. Pero su sombra solo sonrió y dijo: “Ragnahilda, necesito espacio para crecer”.

La sombra de Ragnahilda comenzó a absorber todo a su alrededor. Los micrófonos, las sillas, los documentos legislativos… todo desaparecía en su oscuridad. Ragnahilda intentó detenerla, pero su sombra se había vuelto insaciable.

Pronto, la sombra de Ragnahilda se convirtió en una entidad independiente. Tenía su propio séquito de asesores y su propio escaño en el Congreso. “¿Quién necesita a Ragnahilda?”, decía su sombra. “Yo soy la verdadera líder aquí”.

Ragnahilda se encontró sola en su oficina, rodeada de paredes vacías. Su sombra había absorbido incluso su bufanda de “Yo soy la mejor”. Ragnahilda intentó recuperar su ego, pero ya no quedaba nada.

Y así, la sombra de Ragnahilda se convirtió en la nueva estrella de la política. Los periódicos la elogiaban como “La Sombra Sensata”. La gente la seguía en Twitter y asistía a sus mítines. Ragnahilda, por otro lado, se retiró a una cabaña en el bosque, donde rumiaba sobre la ironía de su destino.

 

Aker

Reflexiones desde la terracita: El laboratorio de ideas de la Playa de la Concha

Érase una vez un programador, de nombre Manuel, que encontraba inspiración en los paseos por la hermosa y genuina Playa de la Concha. Cada día, mientras caminaba por la orilla, su mente se llenaba de algoritmos y estrategias financieras. Las olas susurraban números, las gaviotas parecían darle consejos y las mareas le hablaban sobre las tendencias del mercado.

En su laboratorio de ideas, la arena se convertía en líneas de código y las conchas en variables. El sol brillante era su fuente de energía, y el viento salado le soplaba fórmulas matemáticas al oído. Allí, rodeado de naturaleza y con el sonido del mar de fondo, el bueno de Manuel trazaba planes para maximizar ganancias y minimizar riesgos.

Un día, mientras observaba las olas romper contra las rocas, tuvo una revelación. Creó un algoritmo basado en el movimiento de las mareas y las fluctuaciones del mercado. Este algoritmo, que llamó “Las olas de la Concha”, le permitió obtener beneficios consistentes. Los otros traders lo miraban con asombro y se preguntaban cuál era su secreto.

Pero Manuel no revelaba su fuente de inspiración. Solo sonreía y decía: “La naturaleza es mi mejor consejera”. Y así, continuó sus paseos por la concha, refinando sus estrategias y sacando robotillos que eran éxitos en los mercados financieros.

Dicen que aún hoy, cuando la marea sube y el sol se refleja en el agua, se puede ver a Manuel en la playa, absorto en sus pensamientos, convirtiendo la belleza natural en ganancias digitales.

Y así concluye nuestro relato sobre el Trader Algorítmico Manuel, y su fantástico laboratorio de ideas en la Playa de la Concha…
Aker

Reflexiones desde la terracita: El tatuajes

Había una vez un trader intrépido llamado el tatuajes, cuya ambición de riqueza lo llevó a desafiar todas las convenciones del mundo financiero. El tatuajes no estaba interesado en las estrategias tradicionales ni en los consejos conservadores de los gurús de Wall Street. Él quería más, mucho más.

La Regla de la Avaricia Desmedida: El tatuajes no se conformaba con pequeñas ganancias. No, él quería el tesoro completo. Así que decidió arriesgar todo su capital en una sola operación. “¿Por qué conformarse con migajas?”, pensó. Compró acciones de una empresa de criptomonedas que prometía ganancias astronómicas. Pero, como en todo cuento, la avaricia tiene su precio. La empresa colapsó, y el tatuajes perdió todo.

La Regla del Consejo Ignorado: Los veteranos le advirtieron: “Diversifica tus inversiones”. Pero el tatuajes no estaba interesado en la diversificación. Él creía que tenía la fórmula mágica para hacerse rico de la noche a la mañana. Así que ignoró los consejos sensatos y se centró en una sola acción. El resultado fue desastroso: la acción se desplomó, y el tatuajes quedó en bancarrota.

La Regla del Trading Emocional: El tatuajes no era un robot. Sus emociones lo dominaban. Cuando las acciones subían, se sentía eufórico y compraba más. Cuando bajaban, entraba en pánico y vendía. Su estrategia se basaba en impulsos y sentimientos, no en análisis. Y, como era de esperar, sus emociones lo llevaron al abismo financiero.

La Regla de la Falta de Educación Financiera: El tatuajes no se molestó en aprender sobre los mercados. No entendía los gráficos, las tendencias ni los indicadores. Simplemente, seguía rumores y consejos de foros en línea. Su ignorancia lo convirtió en presa fácil para los tiburones financieros. Perdió dinero en esquemas piramidales y operaciones fraudulentas.

La Regla de la Impaciencia: El tatuajes quería resultados inmediatos. No estaba dispuesto a esperar. Así que se volvió hacia el trading intradía. Compraba y vendía frenéticamente, sin analizar. Pero el mercado no se movía a su ritmo. Las comisiones se acumularon, y su cuenta se redujo a cenizas.

En el final de esta historia, el tatuajes no se hizo rico. Se convirtió en un ejemplo de lo que no se debe hacer en el mundo del trading. Las reglas existen por una razón: para proteger a los inversores de sí mismos. El tatuajes aprendió la lección de la manera más dura. Y tú, querido lector, recuerda: no rompas las reglas si quieres mantener tu capital.

 

Aker

Reflexiones desde la terracita: “Síndrome del Tiburón”

Había una vez un hombre llamado Aker, cuya vida estaba marcada por un extraño y mortal síndrome: el “Síndrome del Tiburón”. Este trastorno, aunque raro, tenía consecuencias devastadoras. Aker no podía detenerse ni un solo instante, porque si lo hacía, su corazón se detendría y su vida llegaría a su fin.

El síndrome se manifestaba de manera peculiar. Aker no podía quedarse quieto ni dormir profundamente. Si lo hacía, su cuerpo entraba en un estado de hibernación involuntaria, similar al de los tiburones. Su corazón latía más lentamente, su respiración se volvía casi imperceptible y su temperatura corporal descendía peligrosamente.

Aker vivía en constante movimiento. Caminaba sin descanso, siempre en busca de algo que le mantuviera activo. Se convirtió en un trotamundos, recorriendo ciudades, montañas y desiertos. Su vida era una carrera contra el tiempo, una lucha desesperada por mantenerse en movimiento.

La gente le miraba con curiosidad y compasión. Algunos pensaban que era un vagabundo, otros creían que estaba huyendo de algo. Pero nadie conocía la verdad detrás de su frenética existencia. Aker no podía explicarlo, ni siquiera a sí mismo. Solo sabía que si se detenía, su corazón dejaría de latir.

Un día, mientras cruzaba un puente solitario al atardecer, Aker se encontró con una anciana. Ella le miró con ojos sabios y le dijo: «Hijo, sé lo que te ocurre. El Síndrome del Tiburón es una maldición, pero también una bendición. Tienes el don de la eterna búsqueda».

Aker quedó perplejo. La anciana continuó: «Tus pies nunca descansarán, pero tus ojos verán maravillas. Tu corazón siempre estará en movimiento, pero tu alma será libre». Aker no entendía del todo, pero algo en sus palabras le reconfortó.

Desde entonces, Aker cambió su perspectiva. Dejó de ver su síndrome como una carga y comenzó a apreciar las pequeñas alegrías que encontraba en su camino. Descubrió lugares remotos, conoció personas fascinantes y vivió experiencias únicas. Aunque su corazón seguía latiendo sin pausa, su alma se llenaba de vida.

Un día, mientras contemplaba el horizonte desde un acantilado, Aker sintió que su cuerpo se debilitaba. Sabía que era el momento. Se sentó en la hierba, cerró los ojos y dejó que la paz le invadiera. Su corazón se detuvo, pero su alma siguió vagando, libre como un tiburón en el vasto océano.

Y así, Aker encontró la paz que tanto anhelaba. Su historia se convirtió en leyenda, y la gente decía que su espíritu seguía recorriendo el mundo, siempre en movimiento, siempre en busca de algo más allá de lo tangible. El Síndrome del Tiburón no le había robado la vida, sino que le había regalado una existencia extraordinaria.

 

Aker

Reflexiones desde la terracita: Txarli y el gurú

Había una vez un soñador llamado Txarli, un hombre común con grandes aspiraciones. Txarli pasaba sus días trabajando en una oficina, pero su mente siempre estaba en otro lugar: los mercados financieros. Leía libros, seguía blogs y se sumergía en análisis técnico. Su sueño era hacerse rico operando futuros del petróleo.

Un día, mientras navegaba por Internet, Txarli encontró a un gurú financiero. Este gurú tenía una gran cantidad de seguidores y afirmaba tener el secreto para ganar dinero en los mercados. Txarli decidió seguir sus consejos al pie de la letra. Compró futuros del petróleo, vendió cuando el gurú decía que era el momento adecuado y esperó a que los beneficios llegaran.

Los días pasaron y, para sorpresa de Txarli, sus inversiones comenzaron a dar frutos. Las ganancias se acumulaban y su cuenta bancaria crecía. Txarli se sentía invencible, como si finalmente hubiera descubierto la clave para la riqueza. Pero entonces, algo inesperado sucedió.

Una noche, Txarli tuvo un sueño vívido. En su sueño, el gurú financiero se le apareció. «Txarli», dijo el gurú, «nada de esto es real. Los mercados son volátiles, impredecibles. No puedes confiar en mí ni en nadie más para hacerte rico». Txarli se despertó sudando y con el corazón acelerado. ¿Había estado viviendo una mentira?

Decidió cerrar todas sus posiciones en los futuros del petróleo. Las ganancias se desvanecieron, pero Txarli se sintió aliviado. Se dio cuenta de que la verdadera riqueza no estaba en los números de su cuenta bancaria, sino en las experiencias, las relaciones y los sueños que perseguía.

Txarli dejó de seguir al gurú y comenzó a vivir su vida de manera diferente. Aunque nunca se hizo rico en términos financieros, encontró una riqueza mucho más profunda en su búsqueda de la verdad y la autenticidad. Y así, el giro de guion en su historia fue que su sueño de riqueza material se convirtió en un sueño de riqueza espiritual.

Txarli aprendió que a veces los sueños pueden ser más valiosos que cualquier cantidad de dinero.